LA BUSCA - Pio Baroja -

14-01-2019 04:30 -06:00

LA BUSCA. PÍO BAROJA

 Pío Baroja nació en San Sebastián y vivió, durante casi toda su vida, en Madrid. Allí estudió Medicina y se doctoró con una tesis sobre El dolor. Su ejercicio como médico fue breve, en Cestona. Vuelve a Madrid donde entra en contacto con escritores como Azorín, Maeztu, que le llevan a entregarse a la literatura, su gran vocación.

 Publica sus primeros libros en 1900 tras una serie de colaboraciones en diarios y revistas. Sigue una etapa de intensa labor que conjuga con viajes por España y Europa. En 1911 publica El árbol de la ciencia. Hasta entonces había publicado ya, además de cuentos, artículos y ensayos, diecisiete novelas que constituyen lo más importante de su producción. Su fama se consolida y su vida se consagra a escribir volviéndose cada vez más sedentaria. En 1935 ingresa en la Real Academia. Durante la Guerra Civil pasa a Francia, pero en 1940 se instala de nuevo en Madrid. Muere en 1955.

 Fue un solitario; sabido es que su timidez y su espíritu de independencia, más aún que su misoginia, le hicieron rechazar el matrimonio, a la vez que fustigaba el recurso a la prostitución. Optó por una autorrepresión a la que él mismo atribuye un "desequilibrio" y un talante de "hombre rabioso". Todo esto se plasma en un radical pesimismo sobre el hombre y el mundo. Y sin embargo, Baroja escondía otra cara más oculta, la de un hombre compasivo y tierno con los desvalidos y marginados, un sentimental necesitado de cariño, hipersensible ante el dolor y la injusticia que sentía una inmensa ternura por los seres desvalidos o marginados. Así se observa continuamente en su obra. Le caracteriza además una absoluta sinceridad. Tal fue el código moral que aplicó hasta la exasperación, de ahí la fama de hosco y de individualista intratable que tuvo entre quienes no supieron ver el fondo desolado de su alma.

 Estilo. Pío Baroja afirmaba que la novela era una especie de cajón de sastre en el que todo cabía; que no era necesario un planteamiento previo, sino que lo más importante era la naturalidad conseguida mediante la espontaneidad a la hora de escribir. Esta es la impresión superficial que producen muchas de sus novelas: episodios y acontecimientos puestos unos detrás de otros, anécdotas, divagaciones y digresiones, multitud de personajes ocasionales.

 En cuanto a los personajes, los protagonistas, sobria pero certeramente delineados, suelen ser seres marginales o enfrentados a la sociedad, a veces, cargados de frustración y otras lanzados a la acción. Las novelas de Baroja están pobladas por multitud de personajes secundarios, apenas caracterizados, que entran y salen sin previo aviso, pero que aportan con su presencia la misma impresión de variedad que se encuentra en la vida.

 Se le ha criticado su estilo, a veces desaliñado o descuidado e incluso incorrecto. La verdad es que posee una prosa clara, sencilla y espontánea, antirretórica, como era el ideal de todos los miembros de su generación, con abundancia de frases cortas y muy expresivas. Hay que destacar las descripciones líricas con las que Baroja, frecuentemente, remata largos pasajes narrativos y en las que condensa brevemente el ambiente y la impresión de lo narrado.

 

LA BUSCA.

 La busca es, sin duda, el libro que yo me llevaría a una isla desierta, si me viera obligada a elegir un único compañero de destino. ¿Cuántas veces lo habré podido leer? Si me dieran un millón por cada una, podría cancelar la hipoteca.

 Don Pío Baroja es, para mí, uno de los mejores escritores españoles de todos los tiempos, por no decir descaradamente que el mejor. Leer cualquiera de sus obras supone para mí un placer inefable. Su prosa parca, directa, capaz de realizar una descripción completa de una situación, un lugar o un personaje con escasas palabras, como si realizara un esbozo que, sin embargo, capta maravillosamente la esencia de lo descrito, nunca dejará de fascinarme. Hay que leer siempre a Baroja, pero hay que leer, sobre todo, La busca.

 Baroja gustaba de agrupar sus obras en grupos de tres y así esta novela abre la trilogía llamada La lucha por la vida, que se completa con Mala hierba y Aurora roja. Su protagonista, el joven Manuel, representa de una manera perfecta al joven de carácter indolente que, a pesar de sentir el impulso de intentar buscar una vida mejor, se deja llevar por la molicie que le empuja cada vez más abajo.

 Manuel llega a Madrid desde un pueblo de Soria para reunirse con su madre, sirvienta en una pensión. De trabajo en trabajo, va descendiendo los escalones que le conducen hacia una estrato social cada vez más bajo. Manuel es consciente de que se hunde y a veces, como sacudiéndose la modorra, se plantea la necesidad de dar un giro a su vida. Pero el momento no llega, y el relato de sus días y sus correrías por el Madrid del mil novecientos, sirven al autor para la descripción de unos tipos de cada vez más baja extracción social. A los personajes con los que se relaciona al principio, comisionistas y estudiantes hospedados en la pensión donde trabaja su madre, dan paso los obreros de taller como zapateros o panaderos; para por último ser sustituidos por hampones, prostitutas y traperos. La representación de estos personajes andrajosos, incultos, que hace tiempo han aceptado su destino de miseria es exacta, pues se basan en las relaciones que el propio Baroja entabló con gente de este talante mientras regentaba el negocio familiar, una panadería heredada de su tía.

 Un personaje más de La busca es Madrid. El Madrid miserable de los barrios bajos, de las casas destartaladas de los obreros, de las chabolas construidas con materiales de desecho donde hierve la indigencia física y moral. Un Madrid de arrabal.

 En oposición al carácter casi siempre apático e indiferente de Manuel se opone el ‘hombre de acción’, recurrente en Baroja, representado por el amigo de éste, Roberto Hasting, quien a pesar de su tesón, tampoco consigue que la vida le sonría. Sin embargo, su actitud de desafío a lo miserable de la existencia, despierta en Manuel el ansia de imitarle y buscar un camino por el que emerger de nuevo hacia cierta respetabilidad.

 Manuel es, a pesar de todo, un muchacho honrado. Se sabe bueno, pero en parte por su origen y sus relaciones, y en parte por cierta indolencia de espíritu se ve abocado a una vida cada vez más miserable. La novela se cierra con un Manuel obligado a pasar la noche en la calle, con los primeros fríos madrileños, y su firme decisión de abandonar su vida sórdida de randa.

Lugar: Topalekua

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